|

Son mujeres. Son musulmanas. Son refugiadas. Tres características que no han supuesto un lastre en la doble lucha que protagonizan: la de lograr la independencia de su país, el Sáhara Occidental, y la de alcanzar la igualdad de género dentro de su propia sociedad.
Con armas como la educación, la cultura y la sanidad, las mujeres saharauis han conseguido que la vida en las duras condiciones del desierto sea más digna. Llevan más de 30 años encargándose de la organización de los campamentos de refugiados en Tindouf, Argelia, protagonizando una experiencia única en el exilio y en el mundo islámico. Durante casi 100 años el Sáhara Occidental fue colonia española y cuando la metrópoli lo abandona en 1973, Marruecos ocupa el territorio organizando la Marcha Verde y provocando el éxodo de la población saharaui, que huyó al desierto argelino de La Hamada. Y allí se quedaron, en una de las zonas más inhóspitas del planeta, a la espera de un referéndum de autodeterminación, reconocido por la ONU , que les permita decidir su futuro. Mientras los hombres luchaban en la guerra por la independencia, las mujeres iniciaron su propia lucha por la alfabetización, la formación y la igualdad de derechos. “España ha estado casi un siglo en el Sáhara, pero en el tema educativo y cultural nadie hizo nada. La colonización española dejó un 95% de analfabetismo y marginó siempre a la mujer”, indica Fatma Mehdí, secretaria general de la Unión Nacional de Mujeres Saharauis (UNMS). Hoy el 100% de los niños y niñas reciben educación en las escuelas. Las mujeres ocupan el 75% de los puestos en la enseñanza, el 85% en la Administración y el 90% en la sanidad. Además, los consejos populares de las dairas y las provincias están compuestos por mujeres y entre los 50 miembros del parlamento se encuentran 13 diputadas. Pero, a pesar de que los saharauis han desarrollado relaciones de género más igualitarias que otros pueblos islámicos (ya en 1975, una mujer fue la primera alcaldesa del campamento de Edchera), existen las mismas dificultades que en los países desarrollados. Una de las dos ministras del Gobierno es Mariem Salek, responsable de Cultura y Deporte. “No es fácil como mujer triunfar en los países del Sur, es un desafío. Supone trabajar el triple para conseguir lo mismo que un hombre. Pero la mujer saharaui se diferencia totalmente de otras mujeres musulmanas porque nuestra sociedad es muy abierta y la mujer, muy liberal. A pesar de las limitaciones de nuestra situación, hemos logrado una igualdad de derechos muy importante”, asegura. La imagen totalitaria que en Occidente se tiene del Islam no se encuentra en los campamentos. Por ejemplo, las mujeres no llevan velo en la cara, tienen autonomía para divorciarse y volver a contraer matrimonio y no existe segregación de sexos en ningún lugar. “En países vecinos como Marruecos o Argelia, una mujer divorciada se considera una fracasada y sufre rechazo, aquí desde la antigüedad, la mujer divorciada está muy considerada y la familia incluso festeja el divorcio. Aquí puedes visitar una casa sin la presencia del marido, puedes quedarte una semana, en otros países si la mujer está sola no se puede. Nos sentimos más cercanos a España que al mundo árabe”, apunta la ministra. Quizá la diferencia respecto a otros países musulmanes se encuentra en que los saharauis tienen prácticas tradicionales basadas en El Corán, pero aplican una lectura diferente del texto sagrado. La responsable de Relaciones Internacionales de la UNMS, Zahra Ramdan, vive en España y conoce bien la opinión predominante sobre las mujeres musulmanas. “Somos otra cultura, otra religión, pero la imagen que tenéis está muy estereotipada. El Islam no prohíbe que la mujer tenga los mismos derechos y deberes que el hombre. Nosotras somos mujeres islámicas, el Islam en el Sáhara es más democrático, más flexible, más respetuoso. Está muy tergiversado en las interpretaciones que se hacen, por ejemplo, en Arabia Saudita o en Irán. La explotación de la mujer y la poca emancipación es por el uso que hacen los gobernantes de la religión”. Por su parte, Fatma Mehdí, insiste en el valor de las tradiciones que rigen su estilo de vida. “El tema del Islam para nosotros tiene que ir muy separado de lo que son las tradiciones, porque de esa mezcla es de donde salen los errores y donde se generan las discriminaciones, pues las tradiciones las hacen las personas y en cada periodo cambian. En nuestro caso, la religión musulmana y las tradiciones no tienen que mezclarse”. Para la secretaria general de la UNMS, el Corán otorga mucha importancia a la tolerancia, la igualdad, la cooperación, el respeto a los mayores y la protección de los menores, aspectos muy necesarios para que una sociedad avance y esté unida. Uno de los ejes de esa nueva sociedad que quieren construir es la reivindicación de género, algo que también forma parte de su tradición, al entenderse como un elemento de la identidad étnica que se defiende y una de las bases de la lucha por la independencia.  ©Santiago Dávila El pueblo saharaui, formado mayoritariamente por nómadas con tradición bereber, tiene hábitos sociales que marcan condiciones muy favorables para la mujer. Herederas de las mujeres nómadas, las saharauis han desempeñado tradicionalmente un papel muy importante en su pueblo. Son conscientes de que la independencia también se adquiere luchando por la alfabetización, la formación y la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Por eso han protagonizado un papel tan decisivo en el conflicto con Marruecos. Según Zahra Ramdan, “nosotras, a diferencia de otros países vecinos del Magreb y del Golfo, hemos participado siempre en toda la vida sociopolítica y económica de nuestra sociedad y en estos años de lucha por la libertad de nuestro país se ha afianzado mucho más esa participación directa, ese protagonismo de nuestras mujeres”. Durante los años de guerra entre el Frente Polisario y Marruecos, no se contentaron con asumir un papel pasivo y, gracias a su determinación y su empeño, del suelo de tierra y piedra emergieron entre las jaimas, escuelas, hospitales y centros culturales. Toda una estructura de Estado en el exilio, a la espera de volver a su territorio. Solas han gestionado la vida cotidiana de casi 300.000 refugiados, con el apoyo de la solidaridad internacional. A través de un trabajo bien gestionado, han conseguido mantener unas condiciones de higiene, dentro de sus limitaciones, sin epidemias ni pandemias, algo insólito en un campo de refugiados en el Norte de África. “Es el mayor experimento hecho hoy en día de cómo un pueblo expulsado de su territorio puede vivir en el exilio cohesionado, con alegría y con esperanza. No hablaríamos hoy del problema del Sáhara si no llega a ser por la voluntad fuerte y decidida de las mujeres en los campamentos encargándose de todo: de la organización, de la cultura, del trabajo, de la intendencia, de la comida… Empezó como un matriarcado que al principio inquietaba a los propios hombres y acabó siendo un entramado que ha creado un Estado. Ese pueblo hoy tiene normas e instituciones que funcionan porque hay unas mujeres que sintieron esa necesidad. Hay pueblo saharaui porque hay mujeres saharauis. Ellas han sabido poner música a canciones inexistentes”, subraya Carmen Díaz Yanes, presidenta de la Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui. Otra de las mujeres que admira y conoce bien la labor de las saharauis es Cristina del Valle, cantante y presidenta de la Plataforma de Mujeres Artistas contra la Violencia de Género. “Basaron todo en la cultura para desarrollar su sociedad, el trabajo comunitario entre mujeres, la solidaridad, las experiencias de cooperativas o los sistemas de autogestión. Han sido médicos, enfermeras, ginecólogas... Uno de sus grandes retos fue que las propias mujeres confiaran en sí mismas, potenciar la autoestima. Admiro su fortaleza como seres humanos, sus valores. Muchas han tenido la posibilidad de estudiar fuera, gracias a las becas que les dan en otros países, y luego vuelven y vuelcan su conocimiento en su propio pueblo. Esa coherencia y compromiso no lo he visto nunca. Son un ejemplo de cómo se han hecho a sí mismas”. Sin embargo, todavía queda camino por recorrer. El machismo, como en los países desarrollados, es una mancha que aún no se ha borrado. “Nos falta mucho por hacer, no sólo liberar nuestro país sino consolidar nuestros logros, preparar la batalla del futuro que es, sobretodo, la participación directa en los diferentes organismos de toma de decisiones, algo muy importante para nosotras. En el gobierno solo tenemos dos mujeres ministras y hay que aumentar el número de mujeres en el Consejo Nacional Saharaui (parlamento)”, afirma Zahra Ramdan. Ni las inundaciones que arrasaron los campamentos el año pasado, ni la hambruna reciente, ni la agonía de esperar década tras década un referéndum que no llega, han apagado su mirada digna, orgullosa y llena de esperanza. Tal y como manifiesta Fatma Medí, “confiamos y tenemos esa esperanza partiendo de que nuestra causa es muy justa, está en manos de la ONU y de las fuerzas internacionales. Contamos con el apoyo de muchas organizaciones, con la solidaridad de los pueblos de otros países y esperamos más del Gobierno español, porque España es parte de la historia saharaui, una parte de nuestro pasado. Seguiremos luchando por la independencia de nuestro país y de nuestras mujeres”. |