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El peso de Lula PDF Imprimir E-Mail
escrito por Pedro Antonio Navarro   

Image Impulsa el Banco del Sur mientras su partido se impone en las municipales

 

Desde que llegó al poder en 2003, los analistas políticos han coincidido en ponderar su pragmatismo y su sentido de Estado, en detrimento de un discurso izquierdista que lo llevó a triunfar en las elecciones presidenciales. Pero en los últimos tiempos, su alineamiento con los países latinoamericanos de la izquierda transformadora (Venezuela, Bolivia y Ecuador) es más nítido que con los de la escuela socialdemócrata (Chile, Uruguay, Perú).

Por mandato constitucional no podrá presentarse a la reelección en 2010 –pese a su enorme popularidad en Brasil-, pero su figura puede continuar jugando un papel clave en el nuevo contexto latinoamericano, como demostró el mes pasado en Santiago, con su golpe de fuerza para impedir el derrocamiento del boliviano Evo Morales.

El pasado 5 de octubre tenía lugar la primera vuelta de las elecciones municipales en Brasil. Estaban en juego 5.500 alcaldías del Estado-continente, en las que 128 millones de ciudadanos estaban convocados a las urnas. Unos comicios que, según todos los analistas de la política carioca, se presentaban como un test determinante para las elecciones presidenciales previstas para mediados de 2010. 

El actual presidente de la Nación, y líder indiscutible del Partido de los Trabajadores (PT), Luiz Inacio Lula da Silva, se volcaba durante la campaña en apoyo de sus candidatos, exprimiendo al máximo los altos índices de popularidad de los que goza en estos momentos, sólo comparables a los que había obtenido después de su primer y gran triunfo en las elecciones presidenciales de 2003. Los resultados no podían ser mejores para el partido gobernante en el mayor Estado de América Latina, y una de las denominadas economías emergentes. El PT conseguía triplicar el número de ayuntamientos conquistados en la primera vuelta, con respecto a lo logrado en los pasados comicios de 2004. 

Image De las 79 ciudades con más de 200.000 habitantes, el partido de Lula conseguía hacerse con la alcaldía de 13 de ellas en primera vuelta –la ley electoral brasileña establece que para alzarse con la victoria en primera ronda es necesario superar el 50 por ciento de los sufragios-, y quedaba como primera o segunda fuerza, aunque sin sobrepasar la mitad más uno de los votos, en otras 15, lo que le permitirá concurrir a la segunda vuelta con muchas posibilidades. El PT tiene opciones claras de conseguir la victoria en muchas de las grandes ciudades (Sao Paulo, Porto Alegre, Belo Horizonte). Por si esto fuera poco, la segunda fuerza política en número de votos y alcaldías conquistadas ha sido su socio de Gobierno, el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), que conseguía otros nueve grandes ayuntamientos y quedaba con muchas posibilidades en otros diez para la segunda ronda de votaciones, que tendrá lugar el próximo 26 de octubre.

Las relativas sorpresas se han producido en Río de Janeiro y en Porto Alegre. En la primera, y tras el candidato del PMDB, Eduardo Paes, quedaba en segundo lugar, con un 25 por ciento de las papeletas –Paes conseguía el 32- Fernando Gabeira, antiguo guerrillero y reconocido izquierdista que encabezaba la lista del Partido Verde. Para la segunda vuelta Lula tendrá que decidir si le ofrece su apoyo o se decanta por el candidato del PMDB. 

En Porto Alegre, PMDB quedaba en primer lugar y PT en el segundo, pero, aunque ya sin posibilidades de competir el 26 de octubre, el Partido Comunista de Brasil cosechaba un resultado histórico del 15,4 por ciento de los votos, lo que ha provocado que Lula se aproxime a esta formación en busca de su apoyo en la segunda vuelta. 

Y mientras tanto, el presidente brasileño ha continuado agrandando su figura como gran estadista latinoamericano durante los últimos meses. Su papel ha ido trascendiendo las fronteras de Brasil y, paulatinamente ha ido convirtiéndose en un referente continental, en parte por la enorme importancia económica y demográfica de su país en el conjunto de las naciones iberoamericanas, y también por la evolución de las posiciones que él mismo ha ido sosteniendo a lo largo de todo este tiempo. 

Image Tras una campaña brillante, presidida por un discurso en el que la redistribución de la riqueza y el papel del Estado en la economía constituyeron los ejes que lo llevaron hasta la primera gran victoria, en 2003, el Lula gobernante era definido por los observadores como un político pragmático que, poco a poco se iba alejando de su inicial discurso izquierdista. Algunos lo alabaron por ello, mientras que para otros estaba llevando a cabo una especie de traición a su ideario y a las esperanzas que habían puesto en él los más desfavorecidos. Pero lo cierto es que Lula, partiendo de una realidad muy compleja, ha ido compaginando la implantación de muchas políticas sociales, antes inexistentes, y el pragmatismo de, por ejemplo, tener que gobernar en coalición –ante la falta de mayoría absoluta del PT- con el centroizquierdista PMDB. 

Esta posición parecía ubicarlo en la misma línea de otros gobiernos de centroizquierda que desarrollan sus mandatos en el subcontinente, como es el caso de Chile. Pero si se atiende a las prioridades de la política internacional puesta en marcha por el presidente brasileño, no es difícil darse cuenta de que el mayor número de convenios de colaboración, desarrollo económico y tratados de diversa índole, incluidos los estrictamente políticos, han sido suscritos con la república Bolivariana de Venezuela. Del mismo modo, Brasil también es signataria de importantes acuerdos bilaterales y multilaterales con Bolivia y Ecuador –las tres naciones que han iniciado, por vía estrictamente constitucional, su particular camino hacia lo que han denominado el “Socialismo del siglo XXI”-. 

Tres trascendentales hechos recientes refuerzan esta visión acerca del alineamiento estratégico de Brasil en América del Sur. A comienzos de diciembre de 2007, Luiz Inacio Lula da Silva estampaba su firma junto a la de Hugo Chávez, Rafael Correa, Evo Morales, Cristina Fernández y el paraguayo Nicanor Duarte –quien sería sustituido por Fernando Lugo (el último en incorporarse al eje socialista)- dando luz verde a la constitución del Banco del Sur, una antigua propuesta de Hugo Chávez –la formuló en 2004-, de consorcio de banca pública internacional que tendrá por objeto “financiar el desarrollo económico y social y fortalecer la integración, reducir las asimetrías y promover la equitativa distribución de las inversiones”. Cuenta con un capital inicial de 5.000 millones de euros. Chile y Colombia, mucho más próximos a las políticas estadounidenses decidían retirarse. 

Image El segundo hito acontecía el pasado septiembre, en la reunión de la Unión Suramericana (Unasur) –constituida en mayo de este año- en Santiago de Chile para tratar la grave crisis boliviana. Lula daba un golpe en la mesa, exigiendo la unidad de todos los Estados integrados en la asociación para impedir el derrocamiento del presidente Evo Morales, posicionándose con una claridad meridiana a su lado. 

La tercera actuación escenificaba con mayor claridad la línea internacional en la que se encuentra el presidente de la República de Brasil. El pasado 30 de septiembre tenía lugar una cumbre en la ciudad carioca de Manaos entre los presidentes de Venezuela, Bolivia, Ecuador y Brasil, en la que se daba el impulso ya definitivo al Banco del Sur, y en la que se suscribían acuerdos de cooperación económica, impulso agrícola y a la construcción, energía y petróleo. Los cuatro Estados suscribían el acta de constitución de la alianza cuatripartita que los une en muchos aspectos. 

Por mandato de la Constitución de Brasil, Lula no podrá presentarse a un tercer mandato presidencial en 2010, pero su figura y su proyección internacional, especialmente en América Latina, ha ganado un enorme peso e influencia, lo que, tras 2010 puede convertirlo en uno de los hombres más influyentes de Iberoamérica.

 
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